Hoy puedo, a sólo un día de crear esta nueva plataforma, plasmar mi primer pensamiento. Que más que una reflexión, es una sensación.
Insatisfecho, profundamente insatisfecho.
¿Dónde quedaron las grandes revoluciones, esas que se libran en la calle y en la cama, en cada semáforo, en cada boca del metro, en cada aliento débil? Esas que corren boca a boca entre cada dos personas que se ponen de acuerdo
Esas grandes revoluciones de colores se han convertido en una sola, caótica y amarilla. El caos no es poder. La rabia no es poder. El que miles de personas se reúnan en una plaza no es poder.
Poder es que esas miles de personas se coordinen, como un sólo aliento, en silencio durante un minuto. Silencio real, no cortado por el caos y el descontrol, por las ansias infantiles de hacer algo divertido.
Poder es robar poder a quien lo tiene, no forzarle a usarlo. Poder es hacer, no deambular. Poder es mostrar paz, no enarbolar la paz por bandera.
¿Y quién ostenta ese poder que se atribuyen las masas ruidosas? ¿Quién controla el caos? Nadie.
Las masas, dirán ellas. Las masas tienen el poder. No, les digo yo.
El poder lo tienen miles de palabras coordinadas y resonantes, no un caos infantil de voces que quiere pasar un buen día de Sol en Mayo.
Me siento insatisfecho porque quería ver una gran revolución, quería ver miles de personas mirando a los ojos al poder, ofreciendo su mano a las fuerzas del poder, no increpándolos y dando motivo para sufrir su puño acerado.
El poder no nace de las ganas de salir en los libros de historia. Las revoluciones quieren cambiar el mundo, tienen un motivo, un objetivo. El hecho de quejarse no es una revolución, sólo es un vaciar la garganta de rabia y sentirse mejor.
Un conjunto de ideas revolucionarias no hacen una revolución.
Un conjunto de sueños de cambio no hacen una revolución.
Un conjunto de revolucionarios no hacen una revolución.
Y eso es lo que me ha hecho sentirme insatisfecho. La ilusión de ver cambiar el mundo, y la decepción de ver a un montón de amigos pasándolo bien creyendo que cambiaban el mundo mientras cantaban, soñaban y pasaban la noche entre el caos y el deseo de paz.
¿Qué es lo que compone una revolución? El poder. El deseo de poder es algo que le falta al intento de revolución amarilla, que en sus ganas de distinguirse de los poderosos a toda costa, ha propugnado la humildad desde sus orígenes, con las mejores intenciones. Pero no ha sido ambicioso. Sólo quería llevar a las calles al máximo número de personas, difundir su mensaje en el máximo de países. Salir en las noticias. Pero si realmente quieren cambiar el mundo, necesitan poder. Poder para convencer, para ofrecer alternativas al pensamiento actual, al gobierno actual, al modelo actual de mundo.
El mismo poder que tiene un abrazo frente a la soledad, una rosa espinada frente a una rama marchita y seca, un beso en la mejilla frente a un libro de autoayuda. Eso debería ofrecer toda gran revolución.
Al final sí ha sido una reflexión, y bien larga. Supongo que cualquiera se ha dado cuenta de qué hablaba. Igual habrá contradicciones en mi razonamiento. Bueno, no he razonado, sólo he escrito, sólo he dejado llevar los dedos sobre el teclado. Porque me siento insatisfecho.
Y quiero una revolución.
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